LA PARADOJA DE DARLO TODO: La reciprocidad y el deseo en las relaciones de pareja
- cero2005
- 9 jun
- 5 min de lectura

Observando las parejas en el parque, distingo dos semblantes opuestos: un hombre entregado, sumiso, en actitud de servicio, dando todo lo que tiene; en la otra orilla, una mujer tranquila, con el control absoluto de la situación, permitiendo que la atiendan y le den ese trato especial que muchas creen merecer.
En un parpadeo, veo una mosca atrapada en una telaraña; el depredador y su presa, que entre más aletea, más se enreda. Pestañeo de nuevo y la misma dinámica sigue ahí aunque menos explícita, ahora con forma de cortejo entre humanos.
El hombre arrastra una creencia arraigada, no sé si cultural o biológica: piensa que entre más le dé a la mujer, más recibirá de ella en una justa equivalencia de intercambio. Grave error. Pongan atención a estas palabras: si estás dando demasiado, eso no activa un interruptor en su cabeza que diga: "Wow, él se preocupa por mí, ahora yo también me voy a preocupar por él". Si funcionara así, los hombres atentos, detallistas y con recursos tendrían asegurado el cielo con las damas. Y esa no es la realidad.
La reciprocidad te la dará solo si en verdad te desea. Si está contigo por un interés diferente al deseo sexual, entre más le das, menos te valorará. Incluso a nivel inconsciente, ella se pregunta: "¿Por qué este hombre me da su tiempo si no lo llamo, no le escribo, y solo le doy migajas? Debe ser que no se valora a sí mismo".
Nos confundimos al creer que cuanto más damos, la gente ve más nuestro valor; es justo lo opuesto. Cuando empiezas a valorarte, piensas: "¿Por qué le daría mi atención si ella no me da nada para que yo siga invirtiendo?". En ese momento exacto recuperas tu poder: cuando te detienes y te retiras de una situación que no te sirve. Esa es tu única oportunidad de escapar antes de quedar atrapado por el placer que te dará, pero no quieres estar con esa mujer de todos modos, porque eso sería una persecución tóxica de su ego. Quieres a alguien que te valore desde el principio, no como reacción a tu ausencia.
Esta es la paradoja de darlo todo: en vez de generar reciprocidad, produce desvalor.
El hombre es esclavo de la belleza femenina; nos resulta irresistible como la luz a la polilla, aunque en ambos casos sea mortal. Quedamos atrapados, neutralizados y, más adelante, esclavizados por el placer. La mujer, entre más bella, más valiosa; no solo la biología nos arrodilla, sino sesgos psicológicos afinados durante siglos, como el efecto Halo, donde a la belleza se le atribuyen virtudes que no le son propias: inteligencia, liderazgo, bondad. "Es tan bella que parece un ángel, una diosa, una santa".
Por lo general, las mujeres muy hermosas no son buenas. Son altaneras, caprichosas, soberbias y ególatras. Tienen el mundo a sus pies sin esforzarse; solo lo piden y automáticamente lo consiguen. Entre más hermosa, mayor vanidad y narcisismo, bastante feas al interior. Eso solo lo ves después de salir huyendo de una relación con una de ellas.
Sin embargo, existe una excepción: aquellas que han experimentado la pérdida de la belleza y la han recuperado con gratitud. Es lo que llamo el "síndrome del patito feo": mujeres que atravesaron un periodo considerable sin ser consideradas bellas, que experimentaron el aspectismo en carne propia (discriminación estética, por fea) y tuvieron que desarrollar habilidades sociales, inteligencia y talentos para sobrevivir, ya que no tenían una belleza que les abriera las puertas automáticamente.
Estas mujeres son empáticas, inteligentes y encantadoras. Muchísimo más impactantes, valiosas y peligrosas. Cuando una mujer se cultiva, cuando no es solo apariencia sino una realidad llena de carisma, empatía y bondad, no hay ser humano que pueda resistirla. En este punto no hay escapatoria.
El hombre se cultiva para cautivar a una mujer así, aunque no seamos capaces de distinguir entre una súper mujer real y una de apariencia. Nos matamos en el gimnasio, estudiamos como locos, forjamos nuestro carisma y perseguimos dinero, autoridad o poder. Entre más pasa el tiempo, más estructurado y valioso se vuelve el hombre; en la mujer, el poder de impacto inicial suele operar al revés: es más joven, más bella, y con el tiempo su lozanía se deteriora. Pero esto es solo una cuestión de primera impresión; no significa que la mujer sea menos valiosa, solo que requiere más tiempo para demostrar en qué se ha convertido con su trabajo interior.
Lo que sí es innegable es que la belleza, en ambos sexos, otorga un valor automático que la hace más deseable. El hombre desea incluso sin belleza de por medio; nuestro instinto de conservación genera deseo sexual inspirado por curiosidad, novedad, aventura o dominio. En la mujer, el deseo no surge de manera espontánea sino que es circular y reactivo: nace durante la interacción placentera, como respuesta al bienestar, confort y diversión que el hombre le genera. Solo cuando recibe intensas cantidades de placer —se divierte, se ríe, se sorprende, se despierta su niña juguetona— se produce el deseo sexual.
Pero esta regla tiene una excepción: una gran belleza física. Cuando el hombre es muy hermoso, con un rostro y cuerpo simétricos, voz grave, alto y fuerte, la araña es devorada por el sapo. He observado que el genuino deseo sexual femenino, cuando se activa, es una fuerza igual o más intensa que la del hombre. Si una mujer te desea, no hay límite que la detenga: saca tiempo, encuentra la forma, te busca de manera obsesiva y hasta arriesgada. Con o sin tu ayuda, con o sin tu iniciativa.
Si te dice "estoy ocupada, tengo mucho trabajo", anota esto: no te desea. No eres su prioridad, solo una alternativa. Porque si te desea, será recíproca y te dará igual o más de lo que le entregues. Solo en ese punto es útil amar sin límite, porque te lo devolverá multiplicado. Es ahí donde se construye el amor verdadero, con un enamoramiento y niveles de placer exorbitantes.
El deterioro de nuestra valía no obedece a defectos de ellas, sino a errores propios. Debemos diagnosticar el nivel de deseo en nuestra pareja para ajustar nuestra forma de dar y fortalecer nuestro valor personal. Si entregas todo a una mujer que no te desea sexualmente, perderás valor ante sus ojos; pero si te desea, es el momento exacto para sembrar y darlo todo, porque te lo devolverá multiplicado y te valorará como a ninguno. A esto se le llama inteligencia sentimental, y es lo que necesitas desarrollar si quieres construir sólidas relaciones de pareja.

Carlos
Ernesto
Restrepo
Orrego
Psicólogo Máster en Sexología.
Terapeuta de pareja
Creador de Toxicapp
3152769924

Muy acertado amigo Cero el concepto del enamora - Miento es efímero fugaz la clave es cultivar el amor propio para encontrar realmente a esa persona que sea digna de recibir con reciprocidad real donde dos individuos se nutren realmente por fuera de los egos.